De regreso de un reciente viaje laboral a una comunidad campesina de la sierra sur del país (en conflicto con una empresa multinacional gasífera) recordaba, como si fuera ayer, los largos debates y jornadas de discusión académica y política que sosteníamos los jóvenes universitarios de los 80’s.
Teníamos sin duda, como todos los jóvenes, múltiples defectos (algunos de los cuales mantenemos hasta hoy), pero teníamos también algo que hoy ya no se percibe, y es la razón de este artículo, preocupación por nuestro país, por sus problemas (coyunturales y estructurales, ¿No Martha Harnecker?)) y por plantear alternativas de solución o en el peor de los casos por protestar en aulas y plazas ante las injusticias y desigualdades que observábamos y vivíamos y que lamentablemente no han cambiado.
Probablemente nuestras vidas si, hoy 20 años después muchos de nosotros no solo tenemos en común que peinamos canas, algunos kilos de más, hijos a los que dedicar tiempo de calidad, tal vez una billetera interesante y porque no un bien ganado prestigio profesional. Con seguridad muchos ya arriaron las banderas políticas, y los más impetuosos cambiaron de color de rojo a verde, no descarto que haya algún desubicado que siga pensando exactamente igual que antes como si el equilibrio de fuerzas o el peso de las ideologías en el mundo se mantuvieran.
Mi generación tuvo entre otras cosas la penosa tarea de apagar la luz de la aventura socialista en el Perú. Fuimos nosotros los veinteañeros de ayer, a quienes nos cayó el muro de Berlín en la cabeza, junto a las botas de la dictadura (del hoy extraditado) y a los desvanes aventureros de los grupos alzados en armas cuyas consecuencias seguimos padeciendo. No bastó el deslinde con la Unión Soviética, ni con la China (de aquel entonces), tampoco bastó el apego al Amauta J.C Mariátegui, igual nos agarró el vendaval neoliberal en todas sus expresiones y a mediados de la década del 90 ya casi nada se mantenía en pie de esa utopía, salvo nuestros más preciados ideales de justicia, igualdad y solidaridad.
Lo anterior es una descripción muy sucinta y personal de alguien que vivió y sufrió esos momentos y puede por tanto no ser compartida por quienes se sientan aludidos. Dicho esto, prosigo. Desde inicios de los 90’s, con mayor exactitud el 5 de abril de 1992, los jóvenes universitarios (que es de quienes me ocupo y preocupo), los jóvenes que tienen al alcance el conocimiento y la información, han sufrido un detrimento significativo hasta la casi inanición de su condición y rol en la sociedad peruana, su rol de masa crítica e ilustrada y por cierto de participación activa en la marcha y contramarcha del país.
Sabrán los jóvenes universitarios de hoy acerca de los ingentes recursos y a la vez problemas sociales para la población indígena que traen consigo las explotaciones petroleras?, o habrán discutido las opciones para el desarrollo sostenible que puedan haber en las zonas de influencia de los proyectos mineros?, no es solo un tema entre agro o minería como la prensa mediática o los politiqueros de siempre señalan. La verdad tengo mis serias dudas no solo de su conocimiento de estos temas (que solo son un ejemplo) sino lo que es peor de su preocupación por los mismos.
El yoismo, filosofía de acción casi generalizada por nuestros jóvenes, es en mi opinión consecuencia de lo descrito en párrafos anteriores, pero es a su vez causa (entre otras) de que nuestros gobernantes y clase (sic) política actúe como actúa. Hacen falta mayores y mejores protestas y propuestas, si los políticos no están en condición de proponer algo estructurado y en beneficio del país, es hora de que los jóvenes asuman nuevamente su rol en la sociedad.
Sin embargo, y que quede bien claro, aquellos que 15 años atrás apagamos la luz y no dejamos la posta a la generación siguiente tenemos una gran deuda pendiente con el país que debemos saldar, no solo a través de una excelencia profesional y ética a carta cabal, sino también -y desde donde nos encontremos- a generar una conciencia crítica en nuestros círculos de acción y muy especialmente con los jóvenes universitarios.
Retornar a los claustros universitarios y brindar nuestros conocimientos, experiencias y vivencias es nuestra responsabilidad generacional, paguemos nuestra deuda con el país y muy especialmente con aquellos compatriotas que más lo necesitan y que siguen esperando que cumplamos con nuestras promesas de ayer, vivir en un país mejor y más justo.