El camino hacia el desarrollo no se cuantifica, ni pasa únicamente, por la tendencia positiva o negativa de los indicadores macroeconómicos. Este hecho es, sin embargo, lo que ha definido el accionar de los últimos gobiernos, perdiendo de vista el nivel de vida que tiene, y debería tener, la población mayoritaria de nuestro país. En este terreno, la brecha sigue siendo negativa, convirtiendo al déficit social nuevamente en una prioridad para el gobierno entrante.
Reducción de la pobreza con casi ninguna mejora en la distribución del ingreso (o ensanchamiento de la brecha como en la sierra rural y toda la selva), no es una buena combinación ni señal de que avanzamos como país. Políticas de crecimiento económico sin una política social explícita de mayor equidad, y no de paliativo, es insuficiente. Si lo macroeconómico bastara no tendríamos estallidos sociales como los que venimos presenciando hace ya bastante tiempo; es claro que ni chorreó ni goteó el crecimiento hacia los más pobres y desposeídos del país y que ni el mercado ni el Estado han cumplido plenamente su rol.
No es redundante afirmar que el mercado tiene serias limitaciones para cumplir su rol distributivo en zonas alejadas de los centros económicos urbanos y que, por su parte, el Estado tiene serias limitaciones para cumplir este papel en las zonas rurales ¿Qué hacer entonces?.
Para empezar, el gobierno entrante requiere diseñar y aplicar una política económica y una política social que tengan objetivos y acciones comunes. Es necesario definir objetivos y metas estratégicas, por ejemplo, cuál será la distribución del ingreso en los próximos cinco años.
Respecto a la política social, debe diseñarse una. Si fuese así, sería la primera vez que un gobierno actué seriamente en este tema y no sólo sea la aplicación de uno o más programas sociales desvinculados, respecto a los cuales existan pocas probabilidades de generar impactos positivos. Y aquí, ni el Programa JUNTOS es la excepción.
La política social debe enfocarse en la población de mayor pobreza y de mayor exclusión social, me atrevería a decir que en este segundo grupo se encuentra el reto mayor. El primer grupo, de una u otra manera se puede reducir a través de un programa de transferencias directas condicionadas; sin perder de vista los riesgos que, en términos de sostenibilidad, esta aplicación ocasionaría. El segundo grupo, , el cual incorpora aspectos objetivos o de brechas tangibles y un componente subjetivo (cómo asimila determinado grupo poblacional el ser o estar excluido), se convierte en un reto de mayor envergadura hasta ahora no abordado por ningún gobierno (a pesar de que no existe político que no incorpore en su discurso la inclusión social como bandera).
La política social debe, además, ser participativa. Esto quiere decir que existe la necesidad de convertir a la población beneficiaria en un actor de su desarrollo y no en un sujeto pasivo atento a la caridad del Estado o de alguna empresa privada. Su participación activa en el diseño, monitoreo y evaluación de los proyectos o acciones en su favor es completamente necesaria, las decisiones tienen que darse en consulta y con la participación de ellos. De manera que se les incorpore e incluya al proceso, se les empodere, con lo cual se ingresa a un proceso donde la cogestión y la corresponsabilidad se abren paso frente a políticas asistencialistas o clientelistas que debemos desterrar.
Finalmente, a los objetivos y metas concretas y al carácter participativo que debe tener la política social, debemos añadir que no hay política social exitosa que se lleve a cabo de modo disgregado es decir, se debe generar, necesariamente, un trinomio entre el Estado, la población y el sector privado, donde los roles, funciones y la institucionalidad operativa deben estar claramente definidos en las diversas instancias, desde el nivel nacional hasta el local. Trabajo por delante hay, empecemos de una vez.
Nota: Publicado en La República el 11 de octubre 2011.